Historia

El alma de su historia la sintetiza perfectamente el himno del Centenario: letra del profesor Paco Solano y música de un grupo amigo

 

Eran tiempo de auge en la minería, de muchas horas de trabajo en el tajo en esas profundas minas, a la luz de unos carburos que no podían dominar la inmensa oscuridad de las entrañas de esta tierra.

Eran también tiempos de riqueza, -no para todos-, y tiempos de muerte que acechaba en mil peligros imprevistos y uno seguro que sin ruido ni alarmas, se llevaba a muchos hombres, muchos padres, en lo que, hoy diríamos, plena juventud: la silicosis, ese polvillo que día a día tragaba el minero y obstruía sus pulmones. Como consecuencia, había muchos huérfanos; no eran uno ni dos; eran los suficientes para que las autoridades, el Alcalde José Maestre, considerara que era necesario salir al paso de esta situación creando un Asilo para huérfanos.

Y así fue como, informados de las Congregaciones de religiosas que podían hacerse cargo de ese Asilo, llamaron a la puerta de las H.H. Carmelitas que, como dice el himno, acudieron a La Unión.

Pasaron muchos años y pasaron muchas penurias, sobre todo en tiempos de posguerra, hasta que el declive de las minas y, sobre todo, la entrada de la empresa Peñarroya que convirtió las minas en canteras de explotación al aire libre, y más tarde el cierre de la industria minera, a la par que las huérfanas crecían y se iban, el Asilo se fue transformando en Colegio, el Colegio Ntra. Sra. del Carmen. Un Colegio que, en cuanto se pudo, pasó a concertado, posibilitando abrir sus puertas a toda clase de economías domésticas.

Poco a poco se fue configurando su estructura física: se edificaron los cuatro pabellones abrazados por dos escaleras que parecen de juguete; por algo son los de Infantil y Primaria. Luego, porque se caía, -y de hecho se tuvo que apuntalar-, el sobrio y hermoso edificio de la calle Mayor, cuerpo central de lo que había sido vivienda de las Hermanas y las huérfanas, se tuvo que derrumbar para dar paso al edificio actual. Una pena que no conserváramos aquella fachada.

En años posteriores, se fueron edificando otros pabellones al ritmo de lo que la necesidad requería, hasta el momento actual que se está ampliando el pabellón de Secundaria.

Entre unas obras y otras, se han ido haciendo las instalaciones deportivas, los patios de recreo y el gimnasio.

Pisan, corren, saltan por esos edificios y esos patios, 48 profesores, 5 personas de servicios y más de 700 niños y niñas de 3 a 16 años; ellos son los que corren y saltan, los demás caminamos aunque muchas veces casi, casi, corremos ¡Con estos tiempos de stress…!

En esos edificios y esos patios se enseña, se aprende, se ayuda a crecer, se fraguan personalidades, se cultivan caracteres,… pero, sobre todo, se entablan relaciones interpersonales de afecto: para los alumnos con sus compañeros y sus profes; en los profesores ídem de lo mismo: compañeros que son como familia, alumnos en los que cada uno vuelca su saber y su querer. No, nadie somos un número; todos tenemos nombre, rostro y peculiaridades que unos y otros conocemos, aceptamos, valoramos y amamos.

En esos patios y esos edificios se siembran valores humano-cristianos, se cultivan actitudes de responsabilidad, de solidaridad, de generosa entrega; se liman egoísmos, se enderezan tendencias torcidas, se podan brotes antisociales,… En una palabra: Se les ayuda a ser buenas personas, ciudadanos responsables. Y para ello se les muestra el modo de vivir que aprendimos en el Evangelio y que refleja nuestro Ideario que conducen a la persona a una plenitud humana y una felicidad profunda, porque ambas cosas vienen dadas juntas.

Lo del Himno: “Y formamos, todos juntos, una gran Comunidad, una Escuela, una familia, donde reina la amistad”. Y añadimos: Donde el bien de nuestros alumnos es el objetivo, el foco que guía nuestro trabajo, el móvil de todo nuestro hacer; y nos sentimos felices de nuestra vocación educadora.

Ese es el presente de nuestra historia.